LOS   CEMENTERIOS   COMO  FENÓMENO  SOCIAL

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  LOS   CEMENTERIOS   COMO  FENÓMENO  SOCIAL

         La forma y el lugar de enterramiento ha variado a lo largo de la historia como un elemento más, inherente a cada cultura, tradición o época histórica. Los cementerios[1] reflejan de un modo u otro su mundo, su sociedad, de ahí su importancia e interés para el historiador. Estos lugares sagrados, que han llegado  hasta nosotros, no sirven tan solo para el estudio de la muerte sino también para el de la vida, ya que suponen la expresión de un momento histórico, como ejemplo  las pirámides de Egipto, las catacumbas, los sarcófagos, las capillas funerarias o los cementerios contemporáneos, huellas del paso hacia la muerte pero, eso sí, producto de muy diferentes creencias o intenciones.

         Si establecemos un pequeño recorrido histórico podemos apreciar las diferencias y los cambios acaecidos.

          En la cultura clásica la vida y la muerte tenían espacios claramente diferenciados. Las necrópolis se situaban fuera de las ciudades pero no lejos, en lugares de paso , a lo largo de las carreteras evitando el olvido de los antepasados y propiciando, a la vez, la seguridad de estos espacios sagrados . Ésta cierta lejanía evitaba el riesgo de contagio de enfermedades que podían emanar de estos lugares infectos.

         Este panorama se vio alterado con el cambio de mentalidad y de creencias. Con la llegada del cristianismo  surgía la necesidad de inhumación cerca de lugares sagrados o personajes santos. Así surgen las catacumbas, cavidades subterráneas en las cuales los cristianos perseguidos se hacían enterrar lejos de las necrópolis paganas. Estos hipogeos se polarizaban entorno a tumbas de santos o mártires de ahí  nombres como, catacumba de San Calixto o de los Santos Pedro y Marcelino. Las tumbas en su mayoría estaban dotadas de inscripciones, decoraciones de significado cristiano o en los mejores casos, cuando el propietario se lo podía permitir, encargaba a algún tallista un sargófago decorado mediante relieves o hacía pintar imágenes en el muro. De un modo u otro estas tumbas trasmitían el recuerdo del difunto a las generaciones siguientes, de ahí su nombre monumentum, de memoria, la tumba es memorial [2].

         Al proclamar Constantino el cristianismo religión oficial del Imperio Romano en el año 323, la necesidad de enterramientos subterráneos desaparece. En este momento, cuando se comienzan a construir las primeras basílicas paleocristianas en superficie, también los cementerios salen al exterior. Ya en la Edad Media había quedado delimitado por la tradición el emplazamiento de las tumbas. Perpetuando a sus antepasados, ahora se localizaban cercanos a conventos, junto a los muros de catedrales y monasterios esperando con ello una garantía de salvación.

 

         Es este momento cuando la vida y la muerte se unen en un mismo espacio, la ciudad se convierte en un gran cementerio a pesar de la oposición de las máximas autoridades eclesiásticas, desde los Padres de la Iglesia hasta los Concilios censuraban los enterramientos urbanos[3]. Los muertos ahora presentes en la vida cotidiana de los vivos dejaban explícita su diferencia, su jerarquía. Las clases más elevadas, nobleza y aristocracia, los personajes más favorecidos o aquellos pertenecientes a hermandades o cofradías ocupaban espacios privilegiados en el interior de los edificios religiosos, bien en capillas privadas, bien en criptas o en bóvedas excavadas en muros y suelos. La nave central, sin embargo, era  reservada a las categorías eclesiásticas y familias reales. El resto de la población quedaba fuera del recinto sagrado ocupando todos los terrenos adyacentes a la iglesia, conformándose con la cercanía, no a las imágenes de devoción, sino al templo se situaban los llamados cementerios parroquiales o "de feligresía". Estos lugares se ordenaban a modo de claustros en los cuales las galerías cubiertas se reservaban a las capas medias que no podían costearse una capilla privada en el interior de la iglesia  y el centro del patio se dedicaba a tumbas en su mayoría anónimas y a fosas comunes que se reciclaban sin ningún pudor con el paso de los años para dejar terreno libre a los sucesivos enterramientos.

         El crecimiento demográfico, y por lo tanto de cadáveres, experimentado desde la Edad Media en ciudades, en su mayoría, amuralladas hizo insostenible la cohabitación con los camposantos, hasta tal punto que se consideraron como los focos de infección de muchas epidemias. Este clima de aversión se vio incrementado con el cambio de mentalidad, desde el Concilio de Trento se condena el apego al cuerpo en favor del alma. La religión ya no concedía tanta importancia a la tumba y por consiguiente, el cementerio perdía relevancia en la sensibilidad religiosa, se opera de este modo una progresiva laicización de los camposantos que irá en aumento en los siglos posteriores.

         Al amparo de la Reforma católica y con una sociedad desvinculada sentimentalmente de sus restos ancestrales, se inician las ampliaciones de iglesias de un modo generalizado en toda Europa hacia el s. XVII. Los nuevos postulados eclesiásticos necesitaban de instalaciones específicas para desarrollar sus labores pastorales. El elemento más representativo de estas ampliaciones lo encontramos en las capillas de comunión, adyacentes a los templos y fruto de una nueva devoción tomaron, en muchas ocasiones, terreno de los olvidados cementerios "ad sanctos". Los cementerios, entonces, se ven relegados a lugares apartados, como sucede en el caso francés donde aparecen los primeros cementerios modernos[4], no adyacentes a las iglesias. La segunda generación de estos nuevos cementerios modernos, en el s. XVIII se caracterizará por su aislamiento de la población. La mayoría de  los antiguos cementerios parroquiales se convirtieron en plazas, mercados o en instalaciones eclesiásticas como capillas, sacristías antes inexistentes, salas para el catecismo, escuelas, etc.

         Es en este siglo cuando comienza la preocupación por la situación y estado de estos antiguos cementerios abandonados, en el mismo corazón de la ciudad. Los médicos comienzan a denunciar la insalubridad de estos lugares. Las ciudades, ahora de edificios más altos pero con calles igualmente estrechas impedían la disipación de exhalaciones impuras que ahora se concentraban en el casco urbano. El aire, se decía, estaba infectado y a través de él se transportaban los males a distancia. El estado de los cementerios se convirtió en un tema de actualidad, un tema de salud pública que provocó una investigación de la Corte del Parlamento francés en 1737. Ante este horror y pánico que causaban los cuerpos descompuestos se decide la destrucción y traslado de los cementerios fuera de las ciudades, mediante Edicto en 1763. Ya no eran un lugar de veneración y de recuerdo sino de contagio. En 1780 se procede al cierre del cementerio de Los Innocents en París, previa exhumación de los cadáveres y convertido en plaza como otros muchos. Nacen como sustitutos las necrópolis de Père-Lachaise, de Montmatre y de Montparnasse.

         En España, cuya situación era semejante, se da la voz de alarma a partir de una epidemia en la villa guipuzcoana de Pasajes en 1781, debida según los testimonios de la época al "fedor intolerable que exhalaba la parroquia, por los muchos cadáveres sepultados allí"[5]. La iglesia repleta de cadáveres hacinados, y por sus características que no permitían una adecuada aireación se había convertido en foco de la epidemia.

         El gobierno de Carlos III se apresuró, ante tal situación, a pedir informes sobre la materia a las cortes extranjeras. Llegaron documentos desde Roma, Turín, Venecia, Parma, Florencia, Viena y París junto con planos del cementerio de Turín[6]. Los informes confirmaban la misma situación en todas las capitales europeas. Las iglesias y sus alrededores comenzaban a causar terror entre los feligreses

         Como ejemplo a seguir, el gobierno de Carlos III decide construir un cementerio para el Real Sitio de San Idelfonso, en 1784, dotado de un Reglamento para el mismo y financiado enteramente por el rey,  pero no fue hasta la promulgación de la Real Cédula del 3 de abril de 1787 cuando se materializó la prohibición de enterramientos intramuros, se ordenaba la construcción de cementerios fuera de las ciudades. Esta ordenanza real acudía a la tradición, a las Partidas de Alfonso X el Sabio, para combatir a quienes apoyándose en ella defendía los enterramientos intramuros. Pero la ordenanza carolina resultó imprecisa y más teórica que práctica, en ella no se daban pautas para la construcción de estos nuevos recintos, ni reglas concretas para su ubicación, tan sólo se recomendaba situar los cementerios cercanos a ermitas, en lugares amplios y ventilados, tampoco se determinaba la jurisdicción municipal o eclesiástica. Se produce una cierta continuidad tipológica respecto a los antiguos enterramientos parroquiales. Esta orden tropezó con la negligencia de las autoridades y la escasez de fondos, así, en el s. XIX se sucedieron otras Reales Ordenes en 1806,1833,1834 y 1840, recordando la prohibición y concediendo facilidades económicas [7]. Los problemas sin embargo continuaban debatiendo la jurisdicción entre la Iglesia y el Municipio, por ello en 1855 aún carecían de cementerio 2.655 pueblos. En 1833 se pone fin a estas discrepancias mediante Reglamento en el que se creaba una jurisdicción mixta eclesiástico-civil,  el Municipio debía hacerse responsable de la construcción del nuevo recinto, mientras que su custodia quedaba en manos de las autoridades eclesiásticas.



[1]CEMENTERIO, del latín coemeterium y éste del griego koimeterion, dormitorio, lugar de reposo.

 

[2]ARIÉS, Philippe, El hombre ante la muerte. Madrid, 1984, p.173

 

[3]Antonio Pío prohibió enterramientos en las ciudades de todo el Imperio, ley que secundó Diocleciano, Maximiano y Teodosio. SAGUAR QUER, Carlos, "Carlos III y el restablecimiento de los cementerios fuera del poblado" Fragmentos, nº 12-13-14, Madrid, 1988.

 

[4]ARIES, Philippe, El hombre ante la muerte. Madrid, 1984.

 

[5]RODRÍGUEZ BARBERÁ, Francisco Javier, Los cementerios en la Sevilla contemporánea. Análisis histórico y artístico (1800-1950).

 

[6]SAGUAR QUER, Op. cit.,(1988), p.244.

 

[7]GONZÁLEZ DÍAZ, A., "El cementerio español de los ss. XVIII y XIX". Archivo Español de Arte. num.171, 1970, pp. 289-320.

 

        


[1]CEMENTERIO, del latín coemeterium y éste del griego koimeterion, dormitorio, lugar de reposo.

 

[2]ARIÉS, Philippe, El hombre ante la muerte. Madrid, 1984, p.173

 

[3]Antonio Pío prohibió enterramientos en las ciudades de todo el Imperio, ley que secundó Diocleciano, Maximiano y Teodosio. SAGUAR QUER, Carlos, "Carlos III y el restablecimiento de los cementerios fuera del poblado" Fragmentos, nº 12-13-14, Madrid, 1988.

 

[4]ARIES, Philippe, El hombre ante la muerte. Madrid, 1984.

 

[5]RODRÍGUEZ BARBERÁ, Francisco Javier, Los cementerios en la Sevilla contemporánea. Análisis histórico y artístico (1800-1950).

 

[6]SAGUAR QUER, Op. cit.,(1988), p.244.

 

[7]GONZÁLEZ DÍAZ, A., "El cementerio español de los ss. XVIII y XIX". Archivo Español de Arte. num.171, 1970, pp. 289-320.

 

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